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FRAGMENTO SELECCIONADO

ANTES DE TROYA

 

Viviana M. Hernandez Alfoso

 

En una playa no muy diferente a esta solía jugar con mis hermanos. Vuelvo a ver los tendidos que alzaban los sirvientes, azules y blancos, rayados, embolsando el aire como panzas de genios benéficos. La nana cuida de mi hermano, el único varón entre tantas hembras. Está medio adormilado por el calor y de vez en cuando se prende del seno de la nodriza, aunque es grande para eso. Apenas llora. Sus ojos me buscan, inocente como es, libre de toda mácula. Cuando me encuentra, fija su mirada en mí hasta que el sueño lo gana. Vuelvo a verme hundiendo las manos en la espuma, limpiando de arena los caracoles que he sacado del fondo. Es uno de nuestros juegos preferidos. Acopiamos caracoles y luego elegimos los más bellos o los más extraños, y cuando no podemos bajar a la playa, los enhebramos formando colgantes o collares, extraños amuletos que regalamos con infantil prodigalidad. Los sobrantes, los colgamos de los árboles, de las cornisas, de las columnas, para que los dioses envíen a los vientos a jugar con ellos.

Mi hermana Electra, la que me sigue en edad, se sienta a la sombra, apartada de la nana y del niño que dormita, y con un paño termina de limpiar nuestro tesoro marino. Separa los que le parecen mejores y descarta los imperfectos. Crisóstemis, de cuatro años, solo dos años menor que Electra, dibuja en la arena húmeda con un dedo regordete. Encerrada en su simpleza, es lo único que parece hacer bien. Es el turno de Hermíone de cuidarla, para que no se adentre en el mar o se aleje demasiado. Hermíone y Electra se parecen mucho, ambas tienen el cabello muy negro y cejas pobladas que ensombrecen sus ojos oscuros. Y, a pesar de que tienen la misma edad, no son amigas. Se toleran por el parentesco y porque Hermíone vive con nosotros la mayor parte del año. Tía Helena dice que es para que tenga contacto con otros niños.

―¿Qué estás dibujando? ―pregunta Hermíone.

―Lobo ―responde Crisóstemis en su media lengua.

Hermíone se inclina sobre el dibujo y hace unos trazos, unos colmillos desmesurados que transforman al deforme animal en un monstruo de dimensiones épicas. Crisóstemis suelta un chillido agudo antes de desbarrancarse en llanto.

―Eres mi esclava y dibujarás lo que yo quiera ―dice Hermíone.

La nana llega antes que yo, aleja a Hermíone y arrastra a Crisóstemis hasta la sombra, donde el niño duerme. Electra no se ha movido, se limita a observar el cuadro y luego regresa a estudiar un par de caracoles para decidir con cuál va a quedarse.

Vuelvo al mar. Me gusta nadar. Papá me ha enseñado. Dice que nado bien, que no le tengo miedo al agua, que soy la más valiente y que, en un par de años, podré nadar de una isla a otra. Mamá ha puesto el grito en el cielo y le ha reprochado que dijera semejante barbaridad, meterme esas ideas en la cabeza, sabiendo cómo soy de temeraria.

 

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