FRAGMENTOS SELECCIONADOS

El príncipe Orsini acogió al fugitivo en su corte de Bracciano, en las cercanías de Roma. Era este un rendido admirador de la cultura inglesa y ansiaba profundizar en ella, para lo cual necesitaba aprender el idioma, a cuya enseñanza se dispuso Marlowe con ánimo agradecido. El problema radicaba en que, al tanto los actos contra natura de los que, se decía, gustaba su invitado, el aristócrata italiano, conspicuo invertido él mismo, pretendía de su maestro una dedicación más entusiasta, y no en el plano académico. No sé si me explico. La relación se enturbió, especialmente a raíz de que Marlowe rehusara los reiterados ofrecimientos carnales de su en exceso solícito anfitrión, y lo hiciese además con su inconfundible grosería, mandándolo, literal y en absoluto literariamente, «a tomar por culo». No le quedó otra que abandonar Bracciano, decisión acuciada por los preparativos del príncipe para un pronto viaje a su reverenciada Inglaterra, donde Marlowe sospechaba que no tardaría en entregarlo al mejor postor. Acabó recalando en la apartada ciudad de Perusa, en la que había conseguido pasar desapercibido hasta que lo encontré.

Las dos muertes de Christopher Marlowe, Carlos Ortega Pardo

 

Se trataba de un cuchitril pequeño y angosto. Amontonados en una estantería desvencijada se pudrían libros y papeles amarillentos. Le costó abrir la puerta con aquella llave herrumbrosa. Nada más descubrir el panorama desolador, Clara, decepcionada, desistió seguir inspeccionando su legado. «¿Para qué me habrá regalado esta porquería?», pensó con rabia para sus adentros. Disimuló con torpeza sus sentimientos y a continuación, hizo amago de abandonar el lugar. En ese momento se fijó en un portarretrato colgado en la pared en la que aparecía una foto antigua en blanco y negro. Aparecía en ella una mujer muy hermosa sonriendo a la cámara y con la portada principal del hotel Miramar al fondo. Esa fotografía le impactó sobremanera, notó en ella un enorme parecido con su querida tía Isabel, la única hermana de su madre y su segunda madre. Desgraciadamente, fallecida hacía ya mucho tiempo. La descolgó de la pared y se la llevó consigo.

Cuatro días de luz, Mari Carmen Pérez Torres

 

«Sirenas. Ya vienen a por mí. Están ahí abajo. Tengo que saltar. ¿Qué te he hecho Shelly? Soy un maldito borracho. No pude hacerlo yo, ¿o sí? ¡Maldito borracho! Su sonrisa esta noche tras la barra, todas las noches. Yo le gustaba, ¿le gustaba? No debí seguirla a casa. Las luces en la barra del bar, en los charcos. El olor de su perfume tras de sí. El olor oxidado de su sangre. Sus tacones, mis pasos, ¿más pasos? Tenía que haberla llamado. ¡Maldito cobarde! Su sonrisa tras la barra. Sus tripas sobre el suelo del portal, sus ojos muertos, mis manos pegajosas, el olor de su sangre. ¿Por qué tuve que esperarla en el aparcamiento? Su sonrisa tras la barra. ¿Yo le gustaba? Las miradas de su jefe. Los vi desde el aparcamiento del bar, discutían, ¿por mí? Las sirenas, ya llegan, tengo que saltar. La oscuridad en el portal. Ella no pudo empujarme así. Pasos. ¿Contra qué me golpeé? ¿Cómo coño llegó esa navaja a mi bolsillo? Maldito borracho. No es mía. Es suya. Tiene que ser suya. Su sonrisa. Su sangre en mis manos. Vienen a por mí. Tengo que saltar.»

¿Entiendes?, Javier Carrillo Hermosilla

 

El crío le ofreció un periódico con aspecto de muy manoseado, que un sorprendido Gonzalo tomó con un gesto casi automático. Lo miró con curiosidad, se trataba de un ejemplar de El Defensor. Cuando quiso preguntar al chico qué significaba eso, este se había volatilizado. El agente estaba profundamente contrariado: «¡tres!, ¡yo me compro un burro y me meto a aguador!»

Con cierta curiosidad, Palmer comenzó a ojear el periódico. Alguien había subrayado con carboncillo un titular de noticia: «Un hombre se suicida de tres disparos en la cabeza».

¿Qué clase de broma era esa? ¿Es posible dispararse a uno mismo tres veces en la cabeza? Palmer leyó el texto completo de la noticia. El individuo en cuestión, un pobre hombre sin oficio ni beneficio, había sido encontrado muerto en su cama, en la habitación que ocupaba como inquilino en la cuesta de la Victoria, con tres disparos en la cabeza y una pistola junto a su mano.

…Y la noche se iluminó de rojo, José Antonio Maza Pérez

 

Cuando llegaron a Alesia los que se autodenominaban «libertadores», vivía allí un mandubio llamado Garazi. Él y su mujer eran los panaderos del pueblo, oficio que había pasado de generación en generación. Fue justamente este hombre, de naturaleza pacífica y bonachona, quien se vio de pronto envuelto en un incidente, que jamás hubiese imaginado: un asesinato.

La víctima era Catbath, un soldado arverno del mismo pueblo que Vercingétorix, que apareció una madrugada con una puñalada en el pecho y las manos llenas de harina. Todo apuntaba directamente al panadero, pues el cadáver fue encontrado dentro de su comercio, junto a la puerta que comunicaba el negocio con su casa. Del arma homicida no había ningún indicio.

Asesinato en Alesia, Sandra Monteverde Ghuisolfi

 

A Fulgencio Cabrera le gustaba el libro que tenía entre las manos, El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, no tanto por el contenido ―la España del XIX no solía dejar tiempo ni ganas para leer― sino por el continente. Mientras se arremangaba de nuevo la camisa, sintió el tacto áspero de aquel grueso volumen editado por Hartzenburg en 1863 y sonrió. Era un magnífico ejemplar, lo suficientemente duro como para confirmarle lo que siempre había creído: que lo mejor de los libros eran sus picos.

―Te lo preguntaré una última vez, ¿dónde está tu compañero?

El pertinaz silencio del detenido llevó al teniente Cabrera a soltar un chasquido de pereza antes de abalanzarse sobre él y atizarle en la cara con el libro una y otra vez, así hasta dejarle el rostro teñido de un velo de sangre que se le vertía por un oído. Al terminar, arrastró la silla en la que había permanecido sentado durante el interrogatorio, se sentó frente a él y comenzó a chasquear los dedos para llamar su atención, clavándole en la mirada en el único ojo sano que le quedaba mientras contenía una sonrisa. No me obligues a seguir, parecía decir con aquella mueca. Aunque me divierta.

Las joyas de la reina, Ricardo Aller Hernández

 

—Aquí es —indica el teniente a los dos oficiales que a cobijo de las sombras permanecen sentados a su lado—. Lo mejor será que me presente solo ante la adivina, tal y como acordamos, simulando ser un nuevo y distinguido cliente. Si la contraseña que nos ha procurado la Bosse es correcta, y las referencias ciertas, mi presencia no debería suscitar sospecha alguna, ni siquiera a tan altas horas de la noche. Por lo demás, una breve conversación con la bruja es todo lo que preciso para corroborar que las denuncias recibidas a su respecto son fundadas. En cuanto a vosotros, aguardaréis mi regreso en el coche. Y si pasada la hora no hay noticias de mí, irrumpid en la vivienda aunque para ello sea menester derribar la puerta y reducir a sus moradores por la fuerza.

Farsa para la medianoche, Ricardo Giraldez

 

Maniatado hacia atrás, el respaldo de la silla entre sus muñecas y la espalda, la cabeza gacha goteando sangre y con el presentimiento de que su rostro volverá a impactar en el duro roble de la mesa, el detenido se debate en responder o dejarse morir.

Son tres en la sombría habitación. El que observa, el que ejecuta y el que sufre. Uno, narcisista, de autoestima desequilibrada, necesitado de ningunear al resto para sostenerla en alto. Otro, de pocas luces, experto en cumplir órdenes sin razonar, perfecto sociópata. El restante, nada más ni nada menos, el que nació sin estrellas, viviendo a oscuras en lugares errados, en momentos equivocados.

Buenos Aires 1920, Guillermo Horacio Pegoraro

 

Recorrimos el claustro y pasamos por delante de la sala capitular. El frío era intenso y la escarcha de la noche se traducía en gotas heladas que pendían de los salientes de los capiteles que daban al patio central. El empedrado estaba resbaladizo y anduve con tiento para no caer. Pasé ante el reloj de misa dibujado en el muro de la iglesia en el que aparecían las horas canónicas; me pareció que no debía faltar mucho para laudes. Íbamos tan presurosos que tuve que recuperar el resuello en el umbral del comedor. Una vez en el interior, vi a un hermano con vestimenta dominica de pie que se descubrió al verme. Me alarmé al ver su rostro desencajado; una tez pálida, por la falta evidente de luz, acentuaban unas ojeras pronunciadas. La sequedad de sus labios denotaba que había pasado varias horas a la intemperie, traduciéndose en agrietadas heridas. Los bajos de su túnica blanca estaban salpicados de barro y sus sandalias dejaban ver unos pies cuarteados por el fango de los caminos. Aunque su estado era lamentable reconocí enseguida al hermano Tobías. Había sido mi discípulo hacía ya un tiempo y no ha mucho recibí noticias de su incorporación a la clausura de la congregación de San Miguel de la Montaña. Fiel a sus convicciones, siempre denotó un particular interés por socorrer a los beligerantes y a los hermanos enfermos de la orden.

La canción del diablo, Ignacio Calle Albert

 

¿Por qué accedería a realizar esta misión? ¿Qué estúpida soberbia le había llevado a inmiscuirse en un asunto que en nada le atañía? Preguntas retóricas: sabía demasiado bien la respuesta. En un principio le había resultado divertido, un reto sin mayores consecuencias, un atractivo juego intelectual. Una oportunidad para poner en práctica, no solo su capacidad deductiva aplicada a un enigma, sino también sus más profundas convicciones éticas y filosóficas. Reflexionando sobre ello, más para distraer sus temores que para hallar respuesta a preguntas cien veces planteadas, regresaba ahora a su mente la reunión a la que fue convocado casi cuatro meses atrás, en el despacho de Higinio Doallo, secretario del gobernador civil de la provincia de Santander.

Sombras en el valle, Ángel Revuelta Pérez

 

Tras lo que pareció una eternidad, el vagón frenó con la misma brusquedad con la que había arrancado su frenético vaivén; fue en ese momento en el que, fruto de la inercia desmedida, algo chocó contra mí por la espalda mientras me encontraba tendido en el suelo, o más exactamente en el lateral que hacía de suelo, haciéndome recorrer a rastras otro metro más, hasta quedarnos parados. Y, cuando pensaba que todo había concluido, una última sacudida brusca hizo que el cuerpo que se encontraba detrás mío, se estrechara contra mí acompañado de un estertor que, en ese mismo momento, identifiqué como la muerte instantánea; ese cuerpo acababa de abandonar el mundo de los vivos, lo que me estremeció sobremanera, a pesar de mi acostumbrado pasear por el mundo de la muerte trágica.

Ese mismo día, Antonio Martín García

 

Flavio afirmó con la cabeza porque todo el mundo había oído hablar de un engreído como Cátulo, cuya actividad más conocida era insultar desde el palco de autoridades del anfiteatro a los gladiadores que morían sin dar un buen espectáculo; actitud que gustaba a la plebe que ovacionaba los gritos de Cátulo porque apreciaba en estos gestos públicos una representación de sus pensamientos. También había oído que Cátulo iniciaba peleas en tabernas y prostíbulos que acababan sus escoltas. Acudir a estos lugares resultaba vergonzoso para un miembro de la elite de la ciudad cuya familia tenía dinero de sobra para comprar esclavos, además de vino de calidad. Flavio tenía a Cátulo por un joven mal criado que un padre con autoridad hubiera enviado a la legión, donde se hubiera transformado en ciudadano, o le hubieran asesinado sus propios soldados aprovechando alguna escaramuza. Pero sentía curiosidad por saber qué quería la familia Vetus de él.

Flavio Retógenes y el amante que sufría en silencio, Gloria Molinero Fernández y Jose Luis Molinero Navazo

 

 

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El caso del reloj desaparecido Colección: Miscelánea 12 ISBN: 978-84-946902-8-0 Depósito Legal: CS 433-2019 272 páginas Nueva entrega de relatos de los ganadores del IV Certamen e-DitARX, una edición especial de relato histórico-policial con doce historias que te mantendrán en vilo hasta el último momento. RELATOS Y AUTORES Las dos muertes de Christopher Marlowe, de Carlos Ortega Pardo Cuatro días de luz, de Mari Carmen Pérez Torres ¿Entiendes?, de Javier Carrillo Hermosilla …Y la noche se iluminó de rojo, de José Antonio Maza Pérez Asesinato en Alesia, de Sandra Monteverde Ghuisolfi Las joyas de la reina, de Ricardo Aller Hernández Farsa para la medianoche, de Ricardo Giraldez Buenos Aires 1920, de Guillermo Horacio Pegoraro La canción del diablo, de Ignacio Calle Albert Sombras en el valle, de Ángel Revuelta Pérez Ese mismo día, de Antonio Martín García Flavio Retógenes y el amante que sufría en silencio, de Gloria Molinero Fernández y Jose Luis Molinero Navazo.
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